30 razones
Si bien podría ser un número jugable a la quiniela, me gustaría indentificarlo como el anhelo de haberlo tenido en la camiseta de algún club de fútbol. A veces en el trabajo con Martinuccio y Horacio imaginamos un club desconocido en donde jugar haciendo catarsis con el número, el nombre del club y el color de la camiseta.
Así en tanto alguno se inclinó por el Galatassaray de Turquía, otro por el Panathinaikos griego y porque no, un Celta de Vigo de España.
¿Se imaginan un volante central con la 30? Un delantero sería más realista. ¿Un arquero?
Resulta que no se trata solo de folclore futbolero sino puntualmente de los 30 años alcanzados en una vida que hasta aquí me ha formado de todo y en muchas cosas más.
Es posible (o factible) que a más edad, más ínfulas. Estas mismas son razones que esta noche, aquí y ahora, intentaré traducir en líneas. Nunca debe faltar esa copa que amortigue neuronas y permita descansar en anécdotas lo que pronto se escribirá.
Sucede que la edad cuando cierra numéricamente en una cifra redonda (por así decirlo) llama a la reflexión. Seguramente más de uno dirá "claro, deja los veinti.. pasa a los 30".
Puede ser algo de eso. No es joda. Uno se pone viejo. Día a día pasan cosas y pasa el tiempo mucho más rápido de lo que se piensa. De lo que se cree.
Con los 30 juego a detener ese tiempo. Una vez, hace un par de años, cumplir 28 fue un trauma. No me canso de decirlo en las reuniones con amigos. Para la oportunidad decidí retrotraer a la ficción mis 28 a solo 8, por lo que el festejo se transformó en una agasajo con piñatas, globos, la torta en forma de cancha de fútbol y otras sorpresas que cautivaron a más de un pelotudo o pelotuda grande.
Fue el momento de inflexión que me llevó a compartir en silencio junto con seres queridos el avance de la edad. Hoy pasa algo similar pero no existen factores incómodos, sino todo lo contrario.
Detener el reloj justo en este momento significa que Yamila quede congelada y se quede quieta en la casa por lo menos lo que dure escribiendo esta nota. Quiere decir que un silencio ancestral ocupará la escena primordial de mi casa mientras puedo concentrarme en esto que llevo adelante.
El silencio es real. Posta. Nada se mueve, ni siquiera los de Cliba compactan sobre Caboto, a esta hora, como todos los días. ¿Puede ser real?
Las plantas comienzan a secarse, la luz del amanecer no llega y hace horas que intento dormirme. Repaso en la literatura cercana algun rasgo similar a esta experiencia pero todo se reduce a dos libros: "El trip de la muerte", de Timothy Leary, y "Mescalito" de Hunter Thompson. No son de gran ayuda.
La contractura abandonó mi cuello, por suerte el sueño no aparece y el "hambre" es una palabra del diccionario cuyo concepto deseo desconocer.
Paso la noche mirando el techo, descubriendo detalles de mi vida y repasando el formato de juventud que transité desde los 20 hasta esta última parte de mi vida.
Hay fotos que se manchan, quedan borroneadas. En este juego hubiese sido más fácil escribir una canción que comprometerme en esta empresa. La tarea es complicada, las manos se convierten en mis propios tormentos asesinos, quieren ahorcarme, quieren luto, buscan pausa.
¿Qué será de todo esto? Intento poner un disco, busco "The final cut" y no lo encuentro. Ingrid hubiese preferido "Nevermind", pero menos mal que no lo tengo. Aprovecho y pienso. Pero es tarde, el lector hace ruido, rueda el disco pero no funciona. Seguro, si no hay un disco en el equipo. ¿Qué me pasa por favor?
El silencio me combate, es una guerrilla en mi propia casa, en mi propia cueva que es este escritorio en el cual me atrinchero. La pelea con el silencio es de lo más doloroso. Solo aquél que disfruta de la soledad conoce el encierro y el eco de su propio fantasma.
La vida es un juego, son situaciones. Tal vez conclusiones. Hay miradas y recuerdos. Hay miedo. Hay experiencias y dolores, hay sabores y traiciones. Hay poesía y encuentros, infancia, juventud y vida de descuento.
Todo sigue igual. Silencio. El reloj no funciona. Debe sumar numeritos! Tengo dudas sobre lo real y lo irreal. Necesitaría un llamado. Andrés Buisán sería el indicado pero un comentario que destrone lo correcto de lo insólito podría ser catastrófico.
Ahora se que la alarma no va a sonar.
Ya es un hecho.
No hay que ir a trabajar. Por ende no moverse en una ciudad caótica. Perder tiempo innecesariamente y encima perderme la posibilidad de imaginar un río con montañas y cielo eterno mientras no avanzo por culpa de los semáforos y los desmanes mentales.
Gran contradicción.
No.
Si.
Ni siquiera corre el aire. Las ventanas están selladas.
Voy a intentar poner en funcionamiento la rueda de los años. El motor de la rutina. El sinfín de los días.
Me traiciono. No me arrepiento. ¿No? ¿Seguro?
Vuelve la luz, vuelve el sol. De a poco a lo lejos, veo que asoman los rayos.
Vuelve Yamila y su sonrisa increíble.
Vuelvo a ser yo, 30 años más grande.
Es temprano.
30 de soles.
30 de lunas.
Suena el despertador.
Me levanto.
Me encuentro en el espejo.
Respiro.
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